La escritura de relatos infantiles y juveniles

 

por Enrique Páez (España)

Aunque según Baudelaire «el genio es la infancia recuperada», la literatura infantil ha sido etiquetada de «subliteratura» por una buena parte de los críticos, y en este anatema a veces le acompaña la literatura femenina, la policiaca, la erótica, la ciencia-ficción, la de vaqueros y la novela rosa. El hecho cierto de que haya una buena cantidad de mala literatura en estos apartados no justifica el juicio global, porque la mala literatura abunda en todos los géneros, temas y países. Cuando un texto es literariamente bueno, lo es tanto si pertenece al género infantil como al metafísico. El afán didáctico, protector y paternalista hizo que buena parte de la literatura infantil clásica saliera dogmatizada desde su origen, aunque los buenos autores (R. Dahl, G. Rodari, C. Nöstlinger, M. Ende, etc.) nunca cayeron en esa trampa. Los autores considerados clásicos de literatura infantil y juvenil (Verne, Stevenson, Dickens, Carroll, Salgari...) escribieron sus textos como novelas de aventuras destinadas a todo tipo de público, y no solo para niños y jóvenes. Solo a partir de la segunda mitad del siglo xx los autores escriben literatura infantil con plena conciencia de que sus lectores son niños.

Últimamente, existe una renovación en la literatura infantil consistente en contar historias normales, cotidianas, parecidas a las que puede estar viviendo cualquiera de sus lectores. Los cuentos infantiles no están compuestos solo de hadas, príncipes y madrastras. Los niños, aunque los adultos a veces parecen olvidarlo, viven en mundos reales donde hay discusiones, juegos, castigos, premios, injusticias, amigos, enfermedades, enfados y reconciliaciones. No es diferente al mundo de los adultos, aunque, eso sí, las cosas por las que se interesan y los conflictos que les preocupan son otros.

Hay una diferencia fundamental en el planteamiento a la hora de sentarse a escribir una historia infantil. Tú puedes escribir para la infancia, lo que suele acarrear paternalismo y una notable manipulación y falsificación del texto, con el agrado de algunos profesores y editores, pero no de los niños lectores; o escribir desde la infancia, identificándote y haciéndote cómplice del protagonista y del niño, de su escala de valores y del tono en que se cuenta la historia, para lo cual debes recuperar al niño que aún llevas dentro y ponerlo a escribir.

Esa diferencia de actitud ante la escritura no es insignificante. Hay autores de literatura de adultos que han tratado de hacer incursiones en la literatura infantil o juvenil, sin mucho éxito. Y el error que cometen con mayor frecuencia es justamente el de darle un tratamiento especial a la escritura de libros infantiles, como si se tratara de algo diferente, con otras reglas, donde se sienten en la obligación de acercar la literatura a los niños a fuerza de hacer una literatura menor, paternalista, moralizante, artificialmente alegre y descafeinada. Los niños lectores, por supuesto, lo perciben; y aunque no sepan hacer una crítica fundamentada del texto fracasado, lo manifiestan de una manera más certera e implacable: tirando el libro a la papelera u olvidándolo en el fondo del armario (sabio castigo para las pedanterías). En realidad, las reglas de construcción son las mismas: hay que ver el mundo a través de los personajes, y si los personajes son niños, habrá que ver el mundo a través de sus ojos y no a través de los ojos del adulto. Los códigos son diferentes (como lo son los de una mujer embarazada, un inmigrante sin papeles, un enfermo de cáncer o un enamorado), pero si el escritor debe ponerse en la piel de los personajes de sus historias, mirar el mundo a través de sus pupilas y respirar con sus pulmones, cuando entra en la literatura infantil debe hacer lo mismo: mimetizarse con los personajes, y no mirarlos desde lo alto de un estrado.

Ciertamente, el lenguaje de los libros de literatura infantil debe estar adecuado a la edad de los lectores (que coincide, casi siempre, con la edad de los protagonistas, para facilitar el proceso de identificación). Pero eso no es una ley exclusiva de la literatura infantil, sino del medio o el género en el que estemos escribiendo. Tampoco se puede utilizar el mismo lenguaje en un artículo de divulgación científica que en una tesis doctoral que trate exactamente el mismo tema: son los lectores y el medio los que marcan la adecuación del lenguaje.

Y con los temas de los libros pasa lo mismo. ¿Cuáles son los centros de interés de los niños? A decir verdad, son casi todos. Si no nos ponemos una venda ante los ojos, los niños asisten a episodios de muerte entre sus familiares o vecinos, saben que existe la droga, el paro, el terrorismo y el sexo. Tal vez, como apuntaba en cierta ocasión Joan Manuel Gisbert, haya algunos pocos temas que no sean muy oportunos en la literatura infantil, como por ejemplo la crisis existencial de una mujer de cincuenta años tras su tercer divorcio, pero podremos encontrar muy pocos más. La literatura infantil puede y debe tratar de temas dolorosos, porque ignorarlos viene a ser como negar tozudamente que los niños viven en este mundo. Otra cosa distinta será el tratamiento, no porque sea preciso que se haga desde una perspectiva paternalista, sino porque hay que abordarlo desde el interior de la infancia. Si no sabes convertirte en niño, no escribas relatos infantiles. Si no sabes convertirte en enfermo terminal, no escribas relatos sobre enfermos de cáncer.

Habrá que estar alerta a la corriente de lo «políticamente correcto», esta corriente ha pasado de ser un movimiento moral y éticamente necesario, a ser una imposición de diversos grupos de presión, lo cual empieza a plantearse como censura comercial por parte de las editoriales, o censura previa, personal, por parte del propio autor o autora. Ese es uno de los motivos por los que muchos autores evitan tratar temas «espinosos» en los relatos infantiles: no está bien visto que un personaje infantil sea gordo y desagradable, o que un profesor o un policía o un padre (cualquier figura de autoridad que deba servir de modelo para los niños) sean malas personas. Los «malos» están casi prohibidos, porque sea cual sea el que haga el papel de malo, de algún modo representará un colectivo que puede sentirse descalificado en su conjunto. La solución que encuentran algunos es la de trasladar la historia a los reinos fantásticos o de animales, porque si hay un elfo borracho, un centauro mentiroso o un lobo feroz, ningún colectivo se sentirá perjudicado. Los humanos de comportamiento incorrecto o inmoral casi están ausentes en los relatos infantiles contemporáneos, pero eso no hace sino dejar a los niños indefensos ante la realidad: ¿cómo se van a enfrentar a esos personajes que han sido desterrados de su imaginario?

Así pues, resumiendo mucho, podemos decir que hay dos corrientes actuales, o tal vez desde siempre, en la literatura infantil:

•  La realista : las historias deben ayudar al niño a comprender e insertarse en el mundo, a promover un mundo más justo, solidario, ecológico y pacifista; puede tratar incluso de la muerte, el alcohol, la homosexualidad, los inmigrantes o el racismo. Un ejemplo: C. Nöstlinger.

•  La fantástica : las lecturas deben potenciar la imaginación, la fantasía y la felicidad del niño. La literatura debe ser el reino sin fronteras de lo mágico y lo imaginario. Otro ejemplo: M. Ende.

Una sugerencia: Tómate un buen tiempo para releer las historias que te apasionaban de niño: los tebeos, los relatos de aventuras, los cuentos de hadas, o de terror, talvez. Y luego busca el origen de tu gusto por esas lecturas o de tu indiferencia frente a otras, trasladando tu memoria a la infancia y volviendo luego a tus vivencias del presente: ¿preferías los libros animados, los ilustrados?, ¿querías leerlos o que te los leyeran?, ¿comentabas las historias con algún amigo o amiga?, ¿con tus padres?, ¿conservas aún los ejemplares de tus primeras lecturas? A tus hijos, sobrinos, nietos o vecinos, ¿qué les leerías o les regalarías para seducirlos e invitarlos a la lectura?

Quisiera terminar con una cita de Sara C. Bryant, de su libro El arte de contar cuentos: "En lo referente a la elección de relatos, la dificultad no reside tanto en los gustos del niño como en el tema del cuento. El género puede variar indefinidamente, pero es preciso examinar con atención el valor del argumento. Es probable que, entre un centenar de libros para niños, noventa resulten inapropiados. Sin embargo, siempre encontraremos una anécdota o un hecho que, debidamente ampliado o reducido, pueda convertirse en un relato cautivador. El narrador descubrirá, con frecuencia, buscando entre sus propios recuerdos infantiles, el relato que encantará a sus jóvenes oyentes."

Con permiso de su autor, Enrique Páez, de su libro "Escribir: Manual de técnicas narrativas" (Ed. SM, Madrid, 2001), para la Red Internacional de Cuentacuentos.

Prohibida su reproducción, total o parcial, sin permiso de su autor Enrique Páez.

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