Construyendo la casa de los cuentos

 

por Beatriz Montero

 

Las normas de arquitectura dicen que la casa se construye por los cimientos y se acaba por el tejado. Pero en la imaginación uno puede empezar colocando una ventana sustentada en la nada, un sofá adornando el vacío o colocar el techo en el aire. Por qué no. En la magia de los cuentos todo es posible.

Con el paso del tiempo, después de tantos estudios y de ver contar a tantos narradores orales, llegué a la conclusión de que lo que de verdad me convirtió en cuentacuentos fue el deseo de contar historias.

Algunos compañeros de teatro consideraban el arte de cuentacuentos como una barriada del teatro. Algo así como un inframundo del arte teatral. A mí siempre me ha resultado incomprensible lo de tipificar el arte. Eso de unificar las artes escénicas es como creer que varios hermanos son la misma persona. Por eso cuando me decían que la narración oral o cuentacuentos, que es lo mismo, era un subgrupo del teatro no lo entendía. De verdad. No es solo que me resulte egocéntrico eso de pensar que el teatro aúna las artes escénicas. Va más allá. Es que no se puede meter en el mismo saco al circo, la danza, el teatro y el cuentacuentos. Es como meter caballos, cebras, y jirafas en la misma familia. Cada arte tiene sus códigos, bien diferenciados, aunque a veces compartan escenario. De hecho si alguien quisiera aprender teatro, o arte circense, o danza o cuentacuentos debería acudir a escuelas distintas.

Dicho esto, empecemos a construir la casa. Soy de la opinión de que el mestizaje de artes enriquece el producto final. La compañía circense El Circo del Sol, por poner un ejemplo, mezcla música, danza y acrobacia en sus espectáculos. En la ópera se mezcla canto y teatro; y en el teatro se intercala, a veces, la interpretación con la narración oral, el mimo o la danza. Por eso, porque el mestizaje hace un producto más rico, yo construyo el cuentacuentos con el apoyo sobre todo de las palabras, la voz, los gestos y la mirada; pero también con literatura, animación teatral, algo de clown, libros ilustrados. Aunque no las mezclo todas a la vez, ni en todas las ocasiones.

Se discute también mucho sobre la influencia de la escritura en la oralidad y viceversa: de la oralidad en la escritura. Y aquí empieza el dilema: ¿Quién nació antes, el huevo o la gallina? Durante siglos la oralidad se usó como vínculo para transmitir la cultura en las aldeas tribales, así quedaba grabado en la memoria colectiva y se transmitía de generación en generación. Es evidente que la narración oral es anterior a la escritura. Eric A. Havelock en su libro La musa aprende a escribir sostiene que parte de la producción literaria es fruto del mundo oral:

«Las obras maestras que ahora leemos como textos son una textura en la que se entretejen lo oral y lo escrito. Su composición se llevó a cabo en un proceso dialéctico, en el cual lo que nosotros solemos ver como "valor literario", logrado por el ojo arquitectónico, se introdujo a escondidas en un estilo que se había formado originalmente a partir de ecos acústicos.»

Yo comparo el arte de contar cuentos con un gigantesco árbol sujeto por raíces milenarias. Para mí la narración oral es un árbol cuyo perímetro aumenta cada día con las palabras nutritivas de los narradores. Es un árbol robusto que se mantiene firme ante las nuevas tecnologías que lo rodean. Y el cuentacuentos es esa voz que se enreda en el alma, de cuya boca salen palabras que se convierten en omnipotentes para dejarnos adentrar en tierras hermosas llenas de fantasía. ¿Puede haber algo más poderoso que la voz que se mantiene viva en la memoria durante siglos?

Suele pasar que cuando uno ve contar cuentos le parece la cosa más fácil del mundo. "¡Eso lo hago yo con la gorra!", he llegado a escuchar. Esta errónea idea de facilidad se debe a la cercanía del cuentacuentos. Quiero decir que lo vemos sencillo porque todos lo hemos hecho alguna vez. Todos sabemos cantar, escribir, dibujar y contar cuentos. Que lo hagamos mejor o peor es otro tema. Y sí, aprender a contar cuentos es sencillo, pero no inmediato.

Contar cuentos es un arte depurado, que se trabaja desde el esmero y la elaboración cuidadosa. Igual que se trabaja la escritura creativa, la pintura, la escultura o el canto. Son oficios que se aprenden, igual que se estudia arquitectura o medicina. Se aprende a escribir, se aprende a dibujar y se aprende a contar cuentos. Narrar no es innato. Nadie nace hablando, ni contando historias. Algunos aprenden en talleres de cuentacuentos, y otros con libros como éste. Pero a contar cuentos se aprende sobre todo contando una y otra vez.

 

Con permiso a la Red Internacional de Cuentacuentos de su autora, Beatriz Montero, de su libro "Los secretos del cuentacuentos" (ed. CCS, Madrid, 2010).

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