Nombre artístico:
Mauricio Linares
Nombre real:
Mauricio Linares
E-mail:
vendameuna (arroba) hotmail.com
País:
Colombia
Teléfono fijo:
2 84 93 53
Teléfono celular:

300 7 49 21 95

Dirección:
Carrera 4 No 26-51 Apto 505, barrio La Macarena, Bogotá
Nacionalidad:
Colombiana
Ciudad:
Bogotá
Espectáculos:

 

 

El murmullo de las palabras olvidadas (2010)

La eternidad del instante (cantos de los amores tristes y olvidados) (2007)

El silencio de las palabras (2005)

El lugar donde mueren las libélulas (2001)

Historias de los amores escondidos (1998)

Las palabras que se esconden (1995)

Los oficio del hombre (1992)

Celso el contador de historias y otros cuentos (1991)

Público:
Adultos
 

Currículum:

 

Mi Nombre es Mauricio Linares, hijo legitimo de María Bejarano y Efraín Segundo Linares, nieto de Celso Linares y María del Rosario Bejarano.

Nacido de buena fe en Buenaventura. Lo que hago es contar historias, historias propias que habitan en mis recuerdos: De hombres del mar Pacifico y de Buenaventura. De Mujeres fértiles y cuerpos de ébano. De atardeceres enloquecedores y viajes milenarios donde sobrevive aferrándose al último suspiro de los muertos la vida.

Recuerdo a la muerte caminando despacio, erguida y silenciosa por el zaguán de mi casa atrapando solsticios y equinoccios que alumbraban el cielo.

Recuerdo a las mujeres que rodeaban mi infancia, mi abuela, mis tías solteronas, mi madre silenciosa y llena de temores, mis primas oliendo a mango verde, a chontaduro y guayacán; la vieja Asunción que siempre me regalaba un dulce de coco y un pomarrosa, al viejo Arcaico de los Remedios Perea que no tenía reloj, pero lo acompañaba una profunda tristeza de flor del naranjo como si esta fuera su sombra. El árbol de mandarinas donde muchas noches escuche a los antiguos contar aquellas historias que me deslumbraban. No olvidaré nunca el sortilegio de aquel samán donde por descuido me tropecé con el amor.

Recuerdo la casa vieja y amplia donde viví cuando era niño, pero que con los años y los nuevos hijos, hermanos, nietos y primos se fue haciendo más pequeña. La misma casa que lentamente vio envejecer a mis abuelos, mis padres y mis tíos. El mar que nos alimentaba y donde antes de partir abandone al naufragio imperecedero del desaliento de mi niñez. La noche tibia de cualquier martes de junio donde por primera vez le robe un beso a Aurora y las otras noches cálidas donde nuestro amor le fue robando tiempo a la tristeza mientras la brisa del mar acariciaba su rostro mulato y la negrura de su pelo. También recuerdo las calles por donde pase camino a la escuela, algunas veces perezoso otras veces en silencio.

De niño le solía robar los mangos a Dolores del Alma Hernández, una anciana de belleza austera como sus manos, quien murió de soledad en medio de las borrascas arrasadoras de su memoria.

De niño, hablaba con mi sombra y perdía el tiempo imaginando cómo eran en realidad esas historias que contaban los antiguos, ancianos negros de manos alargadas para poder agarrar el mundo, que tenían la verdad en sus ojos y el abandono de Dios en sus rostros.

Me gustaba escuchar a mi abuela, una mujer de edad indecisa, porque algunas veces solía decir que contaba con ochenta años y otras con cincuenta y cuatro.

Ella siempre decía:

-Somos tan pobres pero tenemos tan buen gusto...

Luego se sentaba abrazada a sus rodillas, con la mirada perdida, porque los recuerdos se le hacían polvo y nube, ella murió de esa enfermedad llamada:

El olvido insalvable de la memoria.

A mi abuela, la tristeza la acompañaba día y noche a tal punto que termino por convertirse en su mejor amiga, le contaba del primer recuerdo que tenía de su niñez, era un recuerdo tranquilo alejado de los tormentos del futuro.

Nadie en Buenaventura era capaz de imaginar a mi abuela sin los surcos en su rostro y la larva en que se había convertido su cuerpo, tampoco, nadie era capaz de imaginarse la benevolencia de su soledad. Mi abuela se había vuelto inmune al amor, aquellas fiebres antiguas que despertaban los aguaceros de la nostalgia, el esperpento de su soledad era tan sólo la indiscreción de sentirse viva en la hierba amarga e intragable del pasado.

Esas son las historias que cuento, son parte de mi vida. Ahora que la polilla de los años desboca sus recuerdos, siento en las ráfagas del tiempo la espesura del olvido, por eso es que ordeno en cada una de mis historias el pasado: antes de que se pierda para siempre en las traiciones de la memoria.

Miembro de la Red Internacional de Cuentacuentos.

Red Internacional de Cuentacuentos
Red Internacional de Cuentacuentos
"

Publicaciones:

 

 

 

 

Idiomas:
Español
 
Web:
Blog:
Vídeos en Youtube:

 

Red Internacional de Cuentacuentos :: International Storytelling Network

www.cuentacuentos.eu - red@cuentacuentos.eu